Enfermedades infantiles y mundo laboral: alta incompatibilidad

Ayer fue un día de fiebre. Antes de mediodía volvíamos a casa porque el heredero estaba muy dec
aído. Así que nos abrigamos y volvimos a casa, dónde ya nos quedamos el resto del día entre teta, siestas y mimos… y en los ratos de su sueño encima de mamá, aprovechando a contestar correos y mensajes con el móvil.

Soy autónoma y, de momento, con un horario que marco bastante de acuerdo con las rutinas de mi hijo y la agenda del padre. Sin embargo no imagino como hubiera sido un día como el de ayer si siguiera trabajando en consultoría, dónde la conciliación es mínima, como ya expliqué en un post anterior.

Hablando con las madres de la tribu, veo que esa problemática no es propia de un solo sector, es algo generalizado.

Si llaman de la guardería o escuela porque el niño se pone enfermo, hay dos opciones. Se puede enviar a otra persona de confianza a buscarle, con lo que eso implica: sentimiento de culpa para los progenitores y que el niño no tenga cubierta su necesidad de contención y arropamiento por parte de sus figuras de apego. Otra opción es avisar en el trabajo, ausentarse e ir a buscar al pequeño.

La segunda opción es a la que nos impulsa el instinto. El problema es que, en caso de repetirse, empiezan los avisos, las amonestaciones e incluso las represalias. Sí, represalias rozando la ilegalidad, porque, sobre todo en caso de las madres, se pone una cruz en su historial laboral y, en muchos casos, desaparece cualquier opción de promoción o  a un mejor puesto.

¿Qué pasa si el niño está enfermo unos días? Eso no lo contempla ninguna ley ni convenio laboral. Así que se tiene que optar, si hay que quedarse en casa, por simular enfermedad. Sí, tal cual, toca mentir porque legalmente no se nos da alternativa. Y como no nos podemos poner enfermos tantas veces, cuando los adultos nos encontramos mal de vedad, toca apechugar e ir al puesto de trabajo, sea con fiebre, gastritis o lo que surja.

¿Y cuándo hay dos o más niños en casa? Acostumbran a enfermar en cadena, no al tiempo, así que el tema se torna mucho más complidado.

Estas situaciones llevan a muchos padres al apiretalazo en la puerta de la guardería o colegio: se le suministra una dosis de Apiretal o Dalsy y adentro, esperando que aguanten la mañana sin sobresaltos. Y por supuesto, yéndonos con la culpa y la pena. Porque en Recursos Humanos tienen sus límites de humanidad, y si faltamos en exceso nos enseñan la puerta por bajo rendimiento, no cumplir objetivos o ausencias injustificadas frecuentes… Injustificadas…

¿Esto cuánto dura? Calculemos que desde que nacen hasta los… ¿cuándo dejan de necesitar los cuidados y mimos de los padres? ¿Con la adolescencia, cuándo se creen independientes? ¿Con la mayoría de edad, cuándo creen saber todo de la vida? ¿Cuándo se van de casa? Quién sabe. Lo seguro es que no son dos días, son años de necesidad de cuidados físicos y emocionales, durante los cuales los adultos rezamos al dios que más nos inspira para que no enfermen, para que no enfermemos, para que si sucede sea en fin de semana o vacaciones…

Este es nuestro Estado de Bienestar, ese dónde tener hijos son muchas Alegrías con mayúscula, pero también un contínuo de inclemencias a la crianza amorosa e instintiva, de decisiones culpabilizantes, de planes B por lo que pueda suceder. Éste, como muchos otros, sí es un tema sobre el que deberían apresurarse en el ámbito político. Pero los niños no les importan tanto cómo nos quieren hacer creer.

Y hay tanto por lo que luchar desde las familias que es imposible centrarse…

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